Wednesday, May 5, 2010

El cuento del mes (?)

Siguiendo con mi impúdico exhibicionismo, aquí va un cuento original (?)... De acuerdo a mi siempre variable constancia se repetirán en el futuro (o no)...




M.A. *
                                               
Inspirado tras la lectura de Faulkner de Edmundo Paz Soldán.

Buenos se agrandaba lentamente. La bella cobraba su aspecto natural de bestia. El vuelo 110 de Delta se rendía ante la implacable gravedad.  En su interior, con las piernas molidas y las ojeras propias de una noche inmerso en las delicias de la clase turista, yo me preparaba para descender de la burbuja de metal y pisar nuevamente el suelo de mi patria. La patria, ese concepto que se nos hace carne en las noches insomnes del exilio; ese acertijo tenaz.  Mi vida había transcurrido de burbuja en burbuja  por lo tanto, los aviones sólo me daban seguridad.  De la burbuja acolchada de una infancia en el seno de una familia estable que sabiamente escondía sus miserias, pasé a la burbuja de la escuela privada (bilingüe para más datos) desde donde ignoré, encaramado en mi pedestal de prepotente adolescencia, las muertes de mi padre y mi perro así como otras tantas descomposiciones de carácter social y familiar. Cuando se me acabó la high school, me sumergí un par de temporadas en burbujas alternativas y pasajeras: la música y las drogas blandas.  Debo admitir que ninguna de las dos se me daba muy bien pero cumplían su cometido (olvidarme de mí y conseguir chicas) y eso era lo único que importaba por el momento. En medio de la nube, una carrera universitaria (el inglés y la literatura o viceversa) y después una beca para irme al norte (no a Jujuy, aclaro) y seguir buscando o en el mejor de los casos perdiéndome.
Hoy, después de dos años y medio y con un par de letras en mayúscula agregadas a mi nombre mi tierra me veía regresar. El flash de sentirme Gardel volviendo de Paris me duró lo que tardó el primer tipo en atropellarme desde atrás con su carrito repleto de valijas a la vez que mascullaba:
-      ¡Dale flaco! ¿A ver si te movés?     
Mis oídos acostumbrados al “Excuse me, sir”, incluso cuando vos los pisabas fueron los primeros en reconocer el cambio de coordenadas geográficas. La cola interminable, los empujones y la imagen que de a poco se iba completando. Me sentía un caniche de diva en medio de un callejón de perros feroces y errantes. Un argentino amariconado, a soft Argentinean, baby.
Luego de 30 minutos en los que recorrí 35 metros aproximadamente (¿Cuántos pies son?) mis valijas y mis ganas se encontraron de frente con la imagen de mi madre. Había envejecido en este tiempo, no pude evitar notarlo, y sentí como la culpa (fiel inquilina) comenzaba a acomodarse en un huequito bien cerca del corazón. Mi madre, mi mamá, mi mami lloraba y me abrazaba como si el vuelo hubiera llegado de Afganistán en lugar de Houston. Para el caso es lo mismo, dijo ella, “yo todavía no me voy a dormir tranquila sino te veo en tu cama”. ¿Dónde se compran los libros que enseñan a reaccionar ante tamañas declaraciones de amor? ¿De qué me sirven las dos letras de más que tengo en mi nombre?
Subimos a un taxi. El auto está en el taller, mintió ella. La ciudad parecía cambiada. Gris de otoño pero un poco más afilada, más heavy. Muchos pibes ofreciendo su pobreza en cuotas de un minuto en cada semáforo, mucha realidad toda junta.
Llegamos a casa y el olor del barrio me endulzó la memoria de un lengüetazo. Mami abrió la puerta y sonrió con sus ojos: “Estás de vuelta de mi amor, llegaste”.
La primera semana fue maravillosa. Después de muchísimos años volví a ser el nene de la casa. Las milanesas con papas fritas se alternaban con los fideos con tuco, los ravioles y los canelones caseros. Los vecinos y parientes entraban y salían de casa para saludar al hijo pródigo, el orgullo de la familia, el que volvió del norte, el otro. De repente, todo lo que creía haber estado buscando todo este tiempo se me aparecía de sopetazo ante mis ojos. El amor incondicional de toda mi familia, el abrazo siempre dispuesto de los amigos que supieron esperarme, el beso con ruido, baba (la semana que viene le llegan los postizos)  y sentimiento de mi madrina, la tía Jorgelina, la mirada clara y protectora de mamá. ¿Estaba todo ahí todo este tiempo? ¿Cuándo cambió? ¿Qué cambió?
La euforia colectiva se fue apagando–afortunadamente vale decirlo–en las semanas subsiguientes. Mamá finalmente me confesó que había vendido el auto luego de que le negaran el carné de conducir argumentando que sus reflejos no estaban a la altura de la exigencia de la jungla porteña. “Está bien mamá, dije sin pensar, menos riesgo. Total ahora yo estoy con vos”.
Fue recién entonces que me di cuenta de la gran huella que el sistema universitario americano había dejado en mí. Fue entonces cuando el fuego del asado del domingo siguiente se encendió con solicitudes llenas de firmas y sellos oficiales a programas de doctorado en lugares tan prestigiosos como remotos.
Yo ya no quería ser un PhD. Ya había encontrado lo que buscaba. Mi MA.     

*   En inglés sigla que significa Masters of Arts y se adosa a tu nombre luego de completar la carrera.           

Carlos Andrés Bertoglio

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